EL TENIS DE LOS MEMBRETES Y EL BRONCE

Fui profesor de tenis durante muchos años. Un “profe” más. Nada fuera de serie.
También tuve la suerte de trabajar algunos años como representante vendedor de insumos para tenis (cuerdas, pelotas, raquetas, etc.) y conocer muchos clubes del interior de la Provincia de Buenos Aires, los profesores y encordadores de cada sitio que visitaba.
En la actualidad soy lo que nunca dejé de ser: un apasionado del tenis y un “animal de club”. Me hice al tenis en un club cercano a mi casa que tenía 2 canchas, pero al sumergirme en el tenis me hice socio de otro club con 30 canchas, a 40 minutos de tren más otros 10 minutos de colectivo (bus) solo para tomar clases con un profesor de jerarquía y excelencia de aquellos tiempos.
Muchas veces falté al colegio para quedarme todo el día en ese club inmenso con universo propio, donde se respiraba una atmósfera de competitividad inusual para mi espíritu pueblerino.
Culminada la clase iba a jugar contra el frontón y luego deambulaba en busca de algún cómplice que quisiera jugar conmigo. Tarea nada fácil, pues existía una discriminación marcada entre quienes se denominaban “representantes” y quienes no jugaban en ninguna división del tradicional torneo interclubes de Buenos Aires. Quienes aceptaban mi invitación solo podían ser “incautos”, “arriesgados” o “desesperados”, pero siempre conseguía uno.
Se ve que no jugaba tan mal, pues en pocos meses me vinculé con unos cuantos de aquella élite. Por lo menos para entrenamientos circunstanciales.
Mis amigos “no representantes” (a quienes nunca abandoné) me envidiaban ese logro y me preguntaban “¿cómo hiciste?”. Queda claro que el nivel de tenis era una herramienta de ascenso social y deportivo.
En la actualidad, 40 años después, no juego en ninguna división de mi club actual (un club de 8 canchas) pero los efectos sobre el “socio raso” siguen invariables.
Tanto en clubes chicos como en los grandes, el torneo “interclubes” tiene efectos notables. Uno de ellos es el que acabo de describir; apenas perceptible sólo por quienes lo sufren o lo enfrentan. Otro es la ocupación de canchas por partidos o sesiones de entrenamientos. Y ahí es donde comienzo a abandonar la historia personal, me introduzco en el debate propuesto y entonces pregunto:
¿Es el torneo regido por cada federación, tan importante como para justificar las siguientes derivaciones?:
a) Compromiso de utilización de un porcentaje desproporcionado de canchas (en relación con la demanda habitual)
b) Dependencia del calendario de un evento que tiene prioridad sobre la determinación de los días y horas de los enfrentamientos. Generalmente los mejores días y mejores horas.
c) Gastos adicionales por afiliación tanto para el club (en función del número de canchas) como para el jugador (carnet anual)
MI POSICIÖN:
No estoy en contra de las federaciones. Creo que deben regir sobre las competencias oficiales que son, a modo de embudo, el camino que decanta al tenis de excelencia. Pero algunos clubes y muchos dirigentes deberían, a mi gusto, ser un poco más “integrales” a la hora de pensar en el tenis de su institución y no dejarse llevar por eso que yo llamo “hambre de bronce”: una forma de trascender en el tiempo, basada en copas ganadas por el club durante su gestión personal. El campeonato interclubes se transformó, no hoy sino hace décadas, en un evento representativo de la capacidad negociadora de los clubes cuando lo esencial (que es invisible a los ojos) es que fuese representativo de la capacidad generadora de los mismos.
Los “socios rasos” que abandonan la membresía de un club, en casi todos los casos no dejan información de “porqué se fueron”. Simplemente se van. Y algunos dirigentes insisten en que la forma de traer nuevos socios es ser conocidos por la performance del club en los torneos. Para mí, los motivos de fuga de socios merecen tanta atención o más que los de atracción.
Con respecto al punto “a)”, la distorsión sucede cuando hay una presentación desmesurada de divisiones por parte de los clubes. Por temas de “amiguismo” o falta de determinación para decir “no”, se termina admitiendo la inclusión de divisiones totalmente intrascendentes para el tenis de la institución, con jugadores que no convocan ni a sus propios parientes. Por otra parte, se suelen completar faltantes de plantel de divisiones “altas” con jugadores libres de otros clubes y se da muchas veces la curiosa situación de encontrarnos con un partido (como local) en curso y tener que andar preguntando “¿quién de los dos rivales es el que representa a mi club?”.
Con respecto al punto “b)”, no hay posibilidad de hacer cambios en lo inmediato. Cuando un club formaliza su participación debe aceptar lo que la entidad rectora del torneo le imponga. Solo me pregunto si no sería sano que los mismos clubes propongan soluciones creativas para un calendario cada vez más apretado qa ue también necesita de competencias extra-federativas. Un claro ejemplo son los torneos "internos", que muchas veces y a raiz de la sobreocupación calendaria terminan jugándose a las apuradas, en la peor parte climática del año, con mucha gente con agenda complicada y otros, ya saturados por la acumulación de partidos.
Yendo al punto “c)”, opino que, si la federación ya le sacó un dinero al club por la afiliación, y cuenta con otro tipo de competencias para recaudar directamente del bolsillo de los jugadores, tendría que abstenerse de cobrar el arancel anual general a jugadores que solo participan en el torneo interclubes. O la opción inversa: Cobrarles a los jugadores de las “listas de buena fe” y no pedirles la cuota anual a los clubes. Todos sabemos que el presupuesto de una institución licúa las molestias de un presupuesto personal. Así es como algunos clubes financian los gastos de pelotas, lunch post-partidos, y hasta el carnet anual de los jugadores “importados”.
Primera conclusión:
No es tan importante si mi visión de este escenario es la que mejor pinta la realidad. Quizá hay elementos que no estoy teniendo en cuenta o, incluso, no estén funcionando en la forma que lo describo. Estos ejemplos son válidos para lo que yo conozco de un torneo federativo particular (el interclubes de Buenos Aires) en un contexto particular (clubes no muy poderosos del área correspondiente). Quizá sea muy distinto apenas uno se aleja del área de cobertura de este torneo y encuentre en los clubes y federaciones del interior del país, un panorama diferente.
No es el objeto de esta columna, pero estoy seguro que, si abrieramos un canal para recolectar testimonios de profesores que, a su juicio, tuvieron que irse de un club por causas originadas o relacionadas con el torneo interclubes, esto tomaría el volumen de un libro.
De una forma o de otra, sería bueno que la dirigencia de los clubes entienda que no hay membrete más importante que el de la institución a la que pertenecen y representan. Y que por más que llenen las paredes de sus clubes con cuadros con placas de bronce con sus nombres y copas ganadas durante sus respectivas gestiones, siempre; invariablemente siempre y ya transcurridos los tiempos, será la misma persona la única en prestarle una mínima atención a todos esos galardones: la persona encargada de pasar el trapo, la franela, el plumero o el atomizador de lustre líquido.
Evaristo Pescadas Traful


