
“Quienes leen textos largos, tienen ganado el paraíso” Dice un sabio refrán...que acabo de inventar.

El tenis sobre cemento se presentó en mi vida directamente ligado a mis vacaciones en la costa atlántica. Mas precisamente en la ciudad de Villa Gesell donde mis padres habían comprado un departamento a 2 cuadras del mar.
Quienes conocen esa zona saben que el agua no es ni templada ni cristalina, que cuando corre el viento se hace difícil mantener las sombrillas en pie y que la “quemazón” de los primeros días es una tortura inevitable; casi un “derecho de piso”. En síntesis, mi plan siempre era cumplir con una parte de la formalidad familiar de ir a la playa en algún momento del día y reservar algún otro para buscar tenis.
En 1975 o 1976, había canchas de polvo de ladrillo en Villa Gesell, pero estaban en lo que llaman “barrio norte”, un sitio al que se me hacía dificultoso acceder, pues mi bicicleta (plegable) debía atravesar mayor cantidad de caminos de tierra arenosa. Con mucho menos esfuerzo y calles asfaltadas llegaba a la esquina de la av. 5 y el paseo 109, donde Antonio “Tony” Budin, un señor mayor oriundo de la Europa centro-occidental y, por lo tanto políglota, regenteaba un predio con tres canchas de tenis de cemento alisado (salvo las grietas), color verde oscuro y un frontón que se convirtió en mi mejor amigo.
Me acostumbré a concurrir a ese lugar siempre bien temprano, a la mañana. ¿Porqué? Porque Tony no pasaba la noche ahí, y quien “abría” el club era un profesor jóven, apuesto y muy carismático llamado Pepe, oriundo de la localidad bonaerense de Azul .
Yo entraba en forma furtiva, incluso antes de la llegada de Pepe y jugaba contra el frontón. Pepe llegaba media hora antes de su primer clase, siempre feliz y “con los ojos achinados de haber no-dormido”. Al verme, siempre me encomendaba su despabilamiento _” Flaco!!”, me decía, “despertame un rato!” Y le hacía peloteos que le dejaban una mejor irrigación cerebral. O por lo menos, una irrigación realmente sanguínea, superadora... sin alcohol.
Pepe jugaba realmente bien, y estar un rato con él en la cancha era un placer. Como profesor tenía algunos vicios de cierta picardía, como por ejemplo tener que abandonar repentínamente una clase, a causa de una llamada telefónica, y pedirme que le mantenga en juego a su alumna hasta su regreso, cosa que ocurría nunca antes de 30 minutos. Esa fue mi primer experiencia en la enseñanza del tenis: de la mano de un tipo siempre alegre, que nunca supo la influencia que un solo acto tramposo de su vida tuvo en la mía. En mas de 3o años como ´profe, jamás le “presté” un alumno a nadie, pero no me cabe duda que esa pequeña trampa de Pepe fue uno de los grandes estímulos de mi siguiente elección profesional. Habría otros, pero me ocuparé de ellos en capítulo aparte.
En el cemento, mi sensación era muy especial. La pelota botaba distinto, las suelas de mis zapatillas se comportaban distinto. Hasta transpirar parecía distinto.
Si encontraba que las canchas de Tony Park estaban totalmente ocupadas, hacía un tramo extra y llegaba a otro predio con canchas de cemento, cuyo administrador y profesor de tenis era “Chiche” Morganti, muchas veces compañero de dobles de quien fuera mi profesor, el Señor Andrés Funes. Dicha vinculación me dio pie para pedirle a Chiche que me consiguiese alguien como para jugar una o dos veces. Pasó algo mas de una semana y, en una de mis visitas, el gran Chiche me comentó algo que sería el puntapié inicial de una de mis anécdotas mas queridas.
“Te conseguí un pibe para jugar”, me dijo con aire salvador. “Es bastante menor que vos, pero juega muy bien, tiene ránking nacional en la categoría menores. Y te digo más!” agregó. “Es de la misma ciudad que vos (Tigre), te doy la dirección de la casa y andá a arreglar con la madre, que se llama Nelly. El pibe se llama Fabián... Fabián Blengino”.
A pocas cuadras quedaba el hermoso chalet de los Blengino. Me apersoné. Pude conocer a Nelly, la madre, que en ese momento era muy guapa (guapísima !) y a Adolfo, el padre. Surgieron coincidencias positivas cuando Adolfo dijo conocer a mi padre y sin demasiadas vueltas, autorizaron a Fabián para jugar conmigo. Aclaro que en la actualidad sigo siendo amigo de Fabián , juego en el club de sus orígenes tenísticos (L’Aviron ) y veo casi todos los fines de semana a Nelly, que ya es “socia vitalicia” del club.
La parte mas graciosa de esta historia es que, en la primera jornada de tenis terminé disputando un set con el pequeño Fabián, que estimo podría tener 12 años...0 menos. Haciendo, de mi parte, un esfuerzo enorme, entre lo físico y lo tenístico me ganó por 7 a 5 y para hacer mas pesada mi carga de dudas, cuando descansábamos, ya finalizada la práctica, soltó la frase que todavía me sigue retumbando a mas de 40 años de pronunciada. Me dijo con una inocencia propia de un chiquilín y sin saber lo duro de su interpelación: “¿Este nivel es lo mejor que podés jugar?”.
Lo vi crecer en distintos torneos, vino a mi casa para que le enseñe a encordar, me hice amigo de su hermano Gustavo, que tiene mi edad y se radicó en España. Le vi ganar un “Rio de la Plata” en el court central del BALTC. Fui a la ceremonia de su casamiento. Le enmarqué unas remeras de Rafa, Nalbandián, Coria y Calleri que, tiempo después me las terminó regalando. Es nuestro gran orgullo tigrense, estuvo en el box de Coria en la final de R.G. 2004, dirige su propia academia de tenis y lleva muchos años fabricando jugadores profesionales de calidad.
No puedo contar mi vida tenística sin pasar por cada uno de los personajes de este cuento. Hoy me ocupé del inefable Pepe, en las canchas de Tony. Y del querido Fabián, en las canchas de Chiche. Canchas de cemento. De un cemento especial con el que construí mi primer amor por la enseñanza del tenis.
Evaristo Pescadas Traful

