
Amantes de los relatos sintéticos: ¿Qué tal si van hasta la esquina a ver si llueve?

Comencé a jugar tenis a los 10 años, pero recién me lo tomé en serio a los 16. Mi club tenía otra especialidad, el remo, una disciplina para la que había que trabajar mucho en el gimnasio y pasar frío en las salidas nocturnas de invierno. No era para mi.
En esos 6 años de transición, jugué un tenis decidamente horrible, con vicios de todo tipo y sin mas modelos que los caballeros N°1 y N°2 del club, ambos profesores de educación física que llegaban siempre a las finales del torneo interno, a fuerza de "correr y meter la pelota adentro".
En mi club, de solo dos canchas, no había profesor, por lo que se jugaba un tenis algo salvaje y poco elegante. Empuñaba la raqueta desde el engrosamiento final del mango, en la creencia de que me daría mayor alcance. La idea era correr lo menos posible, algo que mantengo en forma inalterable frente al paso del tiempo.
Mi saque era vanguardista. Todos podemos ver, en video, la cantidad de aplausos, comentarios y columnas periodísticas que provocaron los saques "de abajo" de Michael Chang , Nick Kyrgios y Dustin Brown. Yo lo hacía de esa forma en 1968 y nadie me pagó un café.
Fui profesor de tenis por mas de 30 años, y hoy, trabajo en mi propio taller de enmarcados. Digamos que pasé de "pegarle con el marco" a ganar algún dinero con los marcos.
En mi familia no estaban convencidos de que el tenis fuera una buena elección. Mi padre quería verme trabajar y mi madre quería verme estudiar. ¿Porqué tanta saña?
Pero me las supe arreglar para traer buenas notas y conformar a quien prefería no tener de enemigo: Mi madre.
Ella era mi aliada incondicional. Todo el tenis que pude jugar de jóven, se lo debo a ella, y nunca se lo terminaré de pagar. Pero también he tenido que mentirle mas de una vez, como cuando le pedía dinero para comprar pelotas nuevas. Cosas de muchacho vicioso de principios de los años setenta: Para ella, una caja de cartón con tres bolas marca Lincoln no costaban 5 pesos. Siempre costaban 1 peso mas, porque en la misma cuadra del local donde las compraba había una panadería donde hacían unas facturas increíbles.
Mi padre fue un accidental promotor del tenis en mi vida. El y sus amigos jugaban a otro deporte con paletas de madera en frontón abierto. En mi club, esa práctica quedaba al lado de las canchas de tenis y mientras en su grupo de amigos, tomaban cerveza, transpiraban como "testigos falsos" y vociferaban todo el tiempo, yo miraba y admiraba a los tenistas, que jugaban elegantemente, en silencio, y remataban la tarde con una partida de ajedrez y un whisky. "Eso es para mi"" dije yo, y ya quería tener una Wilson Jack Kramer, y un chaleco tejido "Fred Perry" con una guarda tricolor francesa.
Debo confesar que tardé un tiempo bastante largo en descifrar algunos códigos incomprensibles desde mi situación de observador distante, como por ejemplo porqué no contaban los puntos en forma numérica convencional y en cambio utilizaban un sistema que pasaba de 15 a 30 y, luego, de 30 a 40 (mi lógica me indicaba más apropiado ir a un "45"). Otro dilema fue descubrir a un personaje siempre presente al que llamaban "SORI ". Todos, mas tarde o mas temprano mencionaban su nombre, hasta que un día... un caballero tenista que usaba barba y fumaba en pipa se tomó el trabajo de enseñarme la puntuación reglamentaria del tenis y aclararme que aquello que yo escuchaba era una fórmula gentil y tradicional de decir cortesmente "perdón", basado en el inglés "I'm sorry".
Arranqué con una raqueta "Sarina" que me regaló un empleado del club, un buzo (así le llamamos al pullover de algodón) "San Marco" y unas zapatillas "Llavetex". Jugué muchísimo en el mismo frontón del que quería escapar, porque no era fácil conseguir compañeros para el juego cuando se tienen 10 años y ningún amigo que deteste suficientemente al futbol.
A mi me habían fracturado un brazo, cometiéndome un durísimo "fault" jugando fútbol en una canchita de mi barrio. Ahi aprendí que ese deporte tenía defectos de base: el empate, la especulación por el tiempo de juego y la "ley del mas fuerte" en los roces o la disputa del balón, mientras que en el tenis no había reloj, ni empate, y que la red garantizaba que nadie iba a imponer su corpulencia.
Es una edad de crecimiento y el cuerpo, algo deshidratado por la actividad física, pide siempre algo más que una simple coca-cola. Era muy común tomar grandes cantidades de agua, directamente desde la manguera del riego de canchas y, aun así, pasar al final del día por el buffet del club y pedir ( a la cuenta de mi padre) un sandwich de pan francés del tamaño grande (no me alcanzaba con una mano para sostenerlo), enmantecado en su interior y con capas de no menos de un centímetro de jamón, queso, rodajas de tomate y lechuga. No conforme con esto, pedía algún aderezo y un café con leche. En verano, podía optar por una jarra de limonada con hielo y un vaso largo con una medida de un jarabe rojo y muy dulce al que llamaban "granadina". Y la mía no era una familia adinerada. Sucede que, aunque parezca una fantasía digna de Steven Spielberg, en aquella Argentina, con un solo trabajo se alimentaba a una familia y hasta se generaban ahorros. El club era un formato social muy común en todos los niveles de nuestras golpeadas clase media y media baja.
Hace muchos años que no visito a mi club de orígen, pese a que juego en otro club de la misma ciudad. Quizá me estoy resistiendo emocionalmente. Pasaron demasiadas cosas desde aquel día en que solté la paleta de madera y dije "Esto es para mi".
Evaristo Pescadas Traful

