
Soy del país con la avenida más larga, el río más ancho y la cuarentena mas prolongada. No busquen un relato corto aquí.

En un título puede haber alta dosis de impacto como para forzar a una lectura inicial por simple provocación. El resto ya depende de la conexión de cada lector con este relato extraído de la vida del autor quien, luego de siete episodios de andar paseándose desnudo por una página de “tan solo 3000 miembros”, ya tiene asumida la natural selección del público entre los más dispuestos y los menos dispuestos.
Cada lanzamiento de pelota en el saque me lleva a mirar al cielo y, curiosamente, su imagen ya no me distrae como antes. Ahora, mas bien me protege.
Recuerdo que mi familia se había mudado en 1975, desde una calle de barrio a una avenida céntrica de la ciudad de Tigre (prov. de Buenos Aires). Guillermo Vilas ya estaba en los corazones de toda la afición deportiva argentina y muy particularmente en aquellos que practicamos tenis.
Nos llevó un tiempo acostumbrarnos a los apellidos del tenis: Borg, Connors, Nastase, Ashe, Orantes, Solomon, Dibbs, Panatta.
Vilas tomaba una dimensión descomunal.
Los argentinos habíamos vivido otras comuniones deportivas con Juan Manuel Fangio, en automovilismo y Carlos Monzón en box. Esperábamos nuestro primer Campeonato Mundial, que consagraría al futbol, en 1978. Pero Guillermo Vilas agitaba toda nuestra argentinidad, desde aquel Torneo de Maestros de 1974.
El Vilas virus ya había sido inoculado y los aficionados amábamos sus victorias, tanto como odiábamos sus derrotas.
Ya teníamos a nuestro “Mesias”. Vilas era generacionalmente nuestro y, pese a que convivía con severos monstruos como Borg o Connors. la ilusión de tener un N°1 estaba mas fuerte que nunca y se hacía muy dificil asimilar cualquier contrapié.
No había televisación de los partidos, y la información mas rápida venía a través de la radio. Mi madre, pobre víctima de mi fanatismo iracundo, pensaba que su hijo menor sería grato frente a sus servicios informativos, independientemente del contenido. Y mas de una vez se llevó un verdadero chasco, porque (y aquí viene mi confesión) en las ocasiones en las que me despertaba con la infausta: “¿Te enteraste de que perdió Guillermo Vilas? llegué a sentir ganas de asesinarla. También confieso que esa reacción violenta y el instinto criminal, me duraban 5 segundos y solo se manifestaba en forma de “enojo antipático”. Distinto era en cuanto a la pena y la sensación de desencanto por la inesperada derrota. Eso me duraba entre tres y cuatro días. Siempre dependiendo de la instancia alcanzada por Vilas y su siguiente presentación en torneos oficiales.
Mi madre fue una impulsora secreta de mi destino tenístico. Y para peor, no suficientemente recompensada en vida. Los adolescentes son personas vertiginosas. Sin frenos, sin filtros. Arremeten temerariamente hacia aquellas cosas que pretenden, y en ese vértigo de los sueños y de los logros, algunos no se detienen ni a pensar. Ese era mi caso.
Cuanto amor había en todos esos detalles que se me escapaban como el agua entre los dedos!. Desde las cuotas sociales de mi primer club, el material de juego, las pelotas, la indumentaria, consumos de buffet, etc.
Mis primeras raquetas !! Mi madre me acompañó a comprar una raqueta “Condor” de acero, igualita a la que usaba mi profesor. Mas tarde me volvería a ayudar con la que fue mi primer raqueta importada, la Slazenger Challenge N°1. Recuerdo que me dio los mil ochocientos pesos para comprarla en Mario Sport, de la calle Pasco en la ciudad de Buenos Aires. Eran 50 minutos de tren y una combinación de metro de otros veinte. Muerto de miedo por el dinero consignado que, para alivio de mi paranoia, llevaba dividido en dos partes iguales, cada una por dentro de mi calzado, debajo de las plantillas. El desembolso frente al empleado vendedor fue un espectáculo digno de ser filmado. Aún recuerdo su gesto, mezcla de estupor y, porqué no decirlo, algo de asco.
Luego vinieron otras raquetas, las Dunlop Maxply, que me acompañaron hasta el profesorado y mis primeros trabajos; y el gran esfuerzo de costear mis clases de tenis mas las cuotas sociales del Club de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (40 minutos de tren y 10 de a pie) donde las tomaba. Era un verdadero privilegiado de la vida y no me estaba dando cuenta a tiempo.
La competencia llegó de la mano de los torneos internos de mi club local y mi madre nunca necesitó verme campeón. Ella solo quería verme feliz y, a diferencia de lo que tantas veces se dijo en los ensayos sobre conducta familiar en el deporte, el que no lo entendió correctamente fui yo.
A mi padre, por el contrario, la idea de un hijo deportista no le hacía mucha gracia. En ciertos momentos de conflicto hasta tuve que tener la prudencia de no hacer “ostentación de raquetas” en la casa, porque el hombre se ponía algo tenso. Pero mi escudo de protección estaba siempre ahí para salvaguardar al futuro profesor.
Si ella venía al club y presenciaba un partido mío, mi performance se derrumbaba. No me podía concentrar y llegaba , otra vez, a esa bochornosa sensación de odio dirigido a su persona, totalmente fuera de toda razón y justicia. Por suerte no pasaba de un momento, y con el tiempo me fui puliendo. Créanme que hoy me resulta importante aprovechar este relato para hacer mi aporte, hablándole a los jóvenes y, si me permiten, también hablándole a mi madre.
Amigos tenistas jovenes: Si existe todavía alguien que, por distraído, mal acostumbrado, conflictuado o por lo que sea, no ha hecho el reconocimiento que corresponde y que merece la madre que todavía tiene, no esperen un minuto más. Si ella les dio algo que hayan amado profundamente como yo amo al tenis, no posterguen la gratitud, la alegría, el abrazo. Se perfectamente que no puedo, ni en este ni en muchos otros aspectos de la vida, ponerme en el lugar de consejero y que esta parte de mi escrito es mas catársis que otra cosa, pero nunca está demás escuchar a un arrepentido.
Amo el tenis, su belleza, su vigor, su inteligencia y su provecho. Al tenis me lo dio mi madre y no hice a tiempo en hacerle saber que me dio la felicidad. Quizá ella ya lo haya sabido, allá en el lugar en el que está y ojalá me esté mirando ahora que, a falta de tenis por la cuarentena, estoy remontando el vuelo con mi otra pasión: la escritura.
Madre querida! Te pido perdón y te doy las gracias !! Haberme dado el tenis no fue ningún desperdicio. He sido inmensamente feliz y llené mi alma de sensaciones, experiencias, crecimiento y afectos.
Yo no estuve a la altura. Me comporté como esos tipos desamorados que se creen que la buena suerte es su propiedad privada y no me detuve a reconocer lo maravilloso de tu espíritu angelical, en la forma apropiada y el momento debido. Fuiste inmensa. Y aunque por envergadura moral, no necesites ni mis palabras ni mis lágrimas, tu recuerdo siempre encenderá este fuego y provocará esta lluvia.
Aquel reconocimiento que no alcancé a expresar oportunamente, quedará aquí escrito. En el lugar donde habitualmente me desnudo a confesar mi pasión.
Evaristo Pescadas Traful

